Durante los meses fríos y lluviosos, es común que surjan síntomas que pueden ser indicativos de un resfriado o gripe, aunque estas condiciones no están directamente relacionadas con las condiciones climáticas. Ambas son infecciones virales del sistema respiratorio que, a pesar de su similitud, tienen diferencias significativas en sus características y tratamientos.
Según Nancy Sandoval, infectóloga y vicepresidenta de la Asociación Panamericana de Infectología, el resfriado común es mayormente provocado por rinovirus, responsables de más del 50% de los casos, aunque otros virus como los coronavirus estacionales, adenovirus y el virus sincitial respiratorio también pueden ser causantes.
Sandoval añade que el resfriado se manifiesta a través de síntomas leves o moderados, que se concentran en las vías respiratorias superiores: congestión o secreción nasal, estornudos y un ligero malestar en la garganta.
En contraste, la gripe o influenza es una enfermedad sistémica más severa, provocada exclusivamente por los virus de la influenza, que pueden ser de tipo A o B.
El inicio de la gripe es abrupto, presentando fiebre alta (entre 38.5 y 40 °C), dolores musculares intensos (mialgias), fatiga significativa, cefalea y un malestar general notable. Una diferencia clave es que con un resfriado, uno se siente simplemente mal; mientras que con la influenza, la persona se siente tan enferma que no puede levantarse de la cama.
Un estudio realizado por la Facultad de Biociencias de la Universidad de Cardiff indica que los rinovirus constituyen entre el 30% y el 50% de todos los resfriados, siendo los coronavirus el segundo agente más frecuente, responsables del 10% al 15% de los casos.
Los virus de la influenza representan entre el 5% y el 15% de los resfriados, y virus como el sincitial respiratorio son causantes de muchas enfermedades que se asemejan a la gripe, lo que evidencia la considerable superposición en la etiología y sintomatología de los síndromes del resfriado común y la gripe, según la investigación.
Sandoval aclara que estas infecciones se producen cuando un virus respiratorio logra ingresar al organismo y superar las defensas naturales. La transmisión ocurre principalmente a través de tres vías:
- Gotículas respiratorias expulsadas al toser, estornudar o hablar, que pueden viajar entre uno y dos metros.
- Contacto directo con superficies contaminadas y posterior contacto con mucosas (ojos, nariz y boca).
- Aerosoles en espacios cerrados con poca ventilación, especialmente relevantes para la influenza.
La razón por la que estas enfermedades son más comunes en épocas de frío o lluvia no se debe al frío en sí, sino a que en estas condiciones tendemos a pasar más tiempo en espacios cerrados y mal ventilados, lo que facilita la propagación. En el caso de los niños, comparten juegos, juguetes o están en contacto con otros menores que pueden estar enfermos. Además, la baja humedad relativa del ambiente favorece la supervivencia de ciertos virus en el aire y puede resecar las mucosas nasales, debilitando una de nuestras primeras barreras de defensa.
¿Medicarse o “dejarlo fluir”?
Tanto el resfriado como la influenza no tienen una cura específica; es el sistema inmunológico el encargado de eliminar el virus. El tratamiento se centra en aliviar los síntomas, reducir la duración de la enfermedad y prevenir complicaciones.
Desde un enfoque científico, en personas jóvenes y sanas, sin factores de riesgo, un resfriado leve puede resolverse de manera espontánea sin necesidad de tratamiento, ya que el sistema inmunitario está completamente capacitado para eliminar el virus.
No obstante, la experta advierte que este enfoque puede resultar arriesgado en personas mayores, embarazadas, pacientes con enfermedades crónicas o inmunodeprimidos, quienes pueden experimentar complicaciones graves a partir de una influenza no tratada, como neumonía viral primaria, neumonía bacteriana secundaria, miocarditis o descompensación de enfermedades preexistentes, lo que incrementa el riesgo de hospitalización y muerte.
Por otro lado, el uso de medicamentos de venta libre para aliviar síntomas, como paracetamol o ibuprofeno para la fiebre y el dolor, descongestionantes nasales o antihistamínicos, puede ser apropiado en adultos sanos con síntomas leves y sin señales de alarma. Sin embargo, automedicarse con antibióticos es incorrecto y potencialmente peligroso.
Para el tratamiento del resfriado común, Sandoval sugiere:
- Reposo adecuado.
- Hidratación abundante (agua, caldos y líquidos tibios).
- Paracetamol o ibuprofeno para la fiebre y el dolor muscular (según indicación médica y dosis adecuada).
- Descongestionantes nasales (uso breve, máximo de tres a cinco días para evitar el efecto rebote).
- Lavados nasales con solución salina.
- Recordar que no existen antivirales eficaces aprobados para el resfriado común.
Para mitigar los síntomas de la influenza, recomienda:
- Reposo e hidratación.
- Tratamiento sintomático similar al del resfriado.
- Antivirales específicos. El oseltamivir (Tamiflu) está aprobado y recomendado para grupos de riesgo y casos moderados o graves. Es más efectivo si se inicia dentro de las primeras 48 horas desde el inicio de los síntomas. Su indicación debe ser evaluada por un médico.
- Nunca administrar aspirina a niños y adolescentes por el riesgo de síndrome de Reye, una complicación neurológica grave.
Según la infectóloga, es esencial consultar a un médico cuando los síntomas son severos o no mejoran en el tiempo esperado, hay señales de alarma (como dificultad respiratoria, confusión persistente) o si el paciente pertenece a un grupo de riesgo o no se tiene claridad en el diagnóstico.
Una señal de alarma que requiere atención médica inmediata es la dificultad para respirar, coloración azulada de los labios, confusión mental, fiebre muy alta que no cede o síntomas que mejoran y luego empeoran de manera abrupta.
¿Cómo prevenir las infecciones respiratorias?
La prevención se basa en medidas respaldadas científicamente, tanto farmacológicas como no farmacológicas. Estas últimas son:
- Lavarse las manos frecuentemente con agua y jabón durante al menos 20 segundos, o utilizar alcohol en gel al 60%-80%.
- No tocarse la cara (ojos, nariz y boca) con las manos sin lavar.
- Mantener una ventilación adecuada en los espacios cerrados.
- Aplicar la etiqueta de la tos: cubrirse con el ángulo interno del codo al toser o estornudar.
- Evitar el contacto cercano con personas enfermas.
- Mantener hábitos saludables, como dormir lo suficiente, llevar una alimentación balanceada, mantenerse hidratado y practicar actividad física regular, ya que estos factores modulan la respuesta inmunitaria.
Mientras que la única medida farmacológica para la prevención es la vacunación.
La vacunación es la intervención preventiva más crucial y respaldada por la evidencia científica. Se recomienda anualmente para toda la población, con especial énfasis en los grupos de riesgo: personas mayores de 60 años, embarazadas, niños menores de 5 años, individuos con enfermedades crónicas (diabetes, enfermedades cardíacas, enfermedades pulmonares e inmunosupresión) y personal de salud. La vacuna disminuye considerablemente el riesgo de enfermedad grave, hospitalización y muerte.
La revista médica The Journal of Infectious Diseases (El Diario de Enfermedades Infecciosas) publicó un estudio sobre infecciones asintomáticas y con síntomas leves por el virus de la influenza. En él se destaca que la incidencia de infección asintomática puede variar según la edad, el estado de vacunación y el tipo o subtipo viral causante.
“La proporción de individuos con influenza que son asintomáticos o presentan solo síntomas leves tiene implicaciones tanto para la prevención de la influenza mediante el control de la transmisión como para la capacidad de detectarla a través de sistemas de vigilancia basados en síntomas”, señala.
Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia.
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