A pesar de las opiniones del mundo, Elma Ramírez optó por estudiar actuación y seguir sus aspiraciones. Tras el inicio de una carrera prometedora, su amor por la familia y su dedicación a sus hijos la llevaron a hacer una pausa.
Quince años después, regresó con renovada energía, retomó su sueño y lo llevó aún más lejos…
La actriz se transformó en directora escénica, estableció la compañía Quinta Columna y, a los 75 años, continúa orientando y formando nuevos talentos para dar vida a distintas obras que llenan los teatros.
“12 hombres en pugna”, uno de sus proyectos más exitosos, regresó al escenario del teatro del IGA y se presentará allí durante todo agosto de 2026.
¿En qué momento decide que quiere ser actriz?
El deseo de actuar nació en mí desde que tengo memoria. Desde pequeña anhelaba estar en el escenario. Intenté convencer a mis padres para que me inscribieran en danza, ya que amaba el arte, pero se negaron; era otra época y no lo consideraban apropiado. Así que me abstuve de ello. Sin embargo, esa inquietud me acompañó toda la vida. Hasta que surgió la oportunidad y decidí: “Voy a trabajar de día y a estudiar teatro de noche”.
¿Cómo fueron sus inicios?
Tenía alrededor de 18 o 19 años. Ya había completado mi carrera, así que empecé a estudiar teatro dramático en la Escuela Nacional de Teatro y Cine en Televisión, que estaba en el Conservatorio Nacional de Música. Esto fue en los años 1973 y 1974. Me gradué como Maestra de Arte especializada en Teatro. Desde ese momento, me dediqué a la actuación y realicé mis primeros montajes.
¿Cuál fue su primer papel?
Era una obra muy hermosa que trataba sobre el mundo y su destrucción. Interpretábamos personajes muy peculiares, como de otro planeta o de ultratumba. Yo representaba a una persona marginada. Era algo extraño, pero muy bello y complejo de entender.
Después trabajé en una obra de Lotería en medio de una crisis, donde interpretaba a Cipriana, el papel principal.
De todos los personajes que ha interpretado, ¿hay alguno que recuerde con más cariño?
La verdad es que cada proyecto fue significativo para mí, ya que todos me aportaron algo. Pero cuando trabajé en Vida, estamos en paz, una obra muy hermosa, me encantó mi papel porque debía representar a una anciana, aunque aún no lo era. No quiero presumir, pero profundicé tanto en el personaje que logré hacerlo bien, tanto que un crítico comentó: “Qué hermoso es el papel de Adelita, porque usted transmitió la intención de esa mirada perdida que se tiene a cierta edad”. Me gustó mucho porque creo que todo actor debe sumergirse en su papel para transmitirlo y hacer que el público crea que realmente lo está viviendo.
Después de una década en los escenarios, se retiró. ¿Qué pasó?
Desafortunadamente, pero también afortunadamente, me retiré del teatro durante 15 años. Me vi obligada a elegir entre el teatro y el hogar. Opté por el hogar, mi esposo y mis hijos, y me desconecté completamente del teatro. Tenía ante mí una prometedora carrera como actriz, pero cuando uno está enamorado, lo deja todo.
¿Fue una decisión difícil?
No, porque uno hace locuras por amor. En ese momento, mi esposo me puso en una encrucijada: era una cosa o la otra. No me arrepiento, porque mis hijos son lo más importante. Dios sabe lo que hace, porque luego ya los dejé grandes, crecidos y estudiados, y pude regresar a esto. Sinceramente, creo que este era mi destino.
¿Cómo fue el regreso a las tablas?
Después de separarme de mi esposo, reflexioné sobre qué iba a hacer. Quería hacer algo más, además de trabajar como maestra, y la vida me dio un giro que me llevó de vuelta al teatro. En 1999, comencé a involucrarme nuevamente como actriz y me sentí muy bien; estaba de nuevo en mi entorno.
¿Cómo pasa de actuar en las obras a dirigirlas?
Se me ocurrió hacer la obra de “La sociedad de los poetas muertos” y que yo la iba a producir. Así que decidí dejar mi trabajo como maestra para dedicarme a hacer teatro para estudiantes. Fui a la titánica, alquilé el Teatro Nacional y vendí las obras a los colegios; pero en el camino, mi compañero, que iba a dirigir, me dijo que no podría continuar. Entonces pensé: “Bueno, tengo un compromiso con el establecimiento, con los patrocinadores, con todos; no puedo dejar las cosas así, no voy a quedar mal”. Y me metí a dirigir. Gracias a Dios, fue un éxito. Así que me considero directora desde 2001.

Ahí nació también su empresa de teatro Quinta Columna, ¿qué significa?
El nombre Quinta Columna tiene dos significados para mí. El primero es artístico: normalmente, una casa o edificio se sostiene sobre cuatro columnas, y la quinta columna es el público que nos apoya. El segundo es interno y personal: somos cinco en mi familia, mis hijos, mis nietos y yo. Siempre estuvo involucrada mi familia, aunque en menor medida y de manera gradual, pero estuvo presente. Así nació, mental y emocionalmente, Quinta Columna.
Después de más de 50 años de trayectoria como actriz y directora, ¿qué representa el teatro para usted?
El teatro es mi vida. Es una catarsis, una forma de análisis interno para cada persona que llega. Para mí, el teatro es algo sublime. Me ha ayudado tanto que desearía que ayudara a todos.
¿Cómo mide el éxito de una obra?
Cuando me satisface internamente y también a quienes están a mi alrededor. Muchas veces se confunde el éxito con el dinero, pero no es eso. El éxito es sentirse plenamente identificado con algo, que te llene a ti y a los demás. Ese es el verdadero éxito: “Lo logré”.
Usted nunca olvidó su sueño y retomó lo que amaba. ¿Qué le diría a quienes están interesados en este arte?
Primero, que realicen un examen de conciencia, sean sinceros y evalúen por qué quieren hacer teatro, porque si solo desean ser conocidos y verse en el escenario, estamos hablando de egos. Deben entender que se requiere disciplina, responsabilidad y constancia, que son tres bases fundamentales. Que busquen formarse, que estudien y que lean mucho. Mucha disciplina, mucho respeto y mucha humildad.

Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia.
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