La obstetra Jeanne Conry ha estado enfocándose durante años en lo que se conoce como la “ventana de los 1300 días”, que abarca desde los meses previos a la concepción hasta el segundo aniversario del niño. Investigaciones han evidenciado que la alimentación y el estilo de vida durante esta fase pueden afectar tanto el desenlace del embarazo como la salud futura de los bebés. Conry empezó a cuestionarse si estos mismos elementos podrían tener un impacto en el autismo.
En la actualidad, está al frente de un proyecto educativo que busca concienciar a las mujeres sobre los riesgos asociados a las toxinas, el estrés y las infecciones en este periodo crítico. Se basa en la creencia de que los eventos que ocurren en esta fase pueden tener un impacto significativo en la formación de óvulos y espermatozoides, lo que, a su vez, podría afectar el desarrollo de un futuro niño incluso antes de que se inicie el embarazo.
“Conforme avanzamos en nuestra investigación, comenzamos a identificar más conexiones entre diversas exposiciones químicas y el autismo. Por lo tanto, si logramos disminuir esos vínculos, en teoría, también disminuiríamos la incidencia de casos”, afirmó Conry.
A lo largo de los años, iniciativas de este tipo han permanecido en la periferia. Sin embargo, investigaciones recientes están revitalizando el tema, formulando una inquietante interrogante que anteriormente se consideraba casi intocable: ¿es posible prevenir ciertos casos de autismo?
Un estudio revisado por expertos y publicado en diciembre ha captado la atención de la comunidad científica dedicada al autismo, sosteniendo que una cantidad notable de casos, superando el 50%, podría ser evitada mediante intervenciones oportunas. Este trabajo introduce la teoría de los “tres impactos”, que plantea que la interacción entre la predisposición genética, la exposición a factores ambientales y un prolongado estado de estrés fisiológico juega un papel crucial en el desarrollo del autismo.
En otro ámbito, dos investigaciones recientes revelaron que los progenitores que presentan una sensibilidad inusualmente alta a sustancias comunes, incluso en concentraciones bajas, según lo indicado por patrones de síntomas reportados por ellos mismos y cuestionarios validados, tenían de dos a 5.7 veces más probabilidades de declarar que su hijo tenía autismo. Este hallazgo llevó a los investigadores a recomendar a las parejas que buscan concebir que reduzcan las exposiciones ambientales dentro de sus hogares.
Las dos áreas de estudio se fundamentan en su mayor parte en suposiciones en lugar de en pruebas concretas. La investigación científica que relaciona las exposiciones ambientales con el autismo se encuentra en una etapa inicial, caracterizada por correlaciones que son sugestivas, pero carecen de una causalidad que pueda ser probada de manera definitiva.
No obstante, estas propuestas están contribuyendo a fomentar una perspectiva cultural más integral en relación con la salud antes de la concepción.
En plataformas como Instagram y TikTok, un número creciente de influencers dedicados al bienestar han comenzado a promover el concepto de “trimestre cero”. Este enfoque sugiere a las mujeres que, antes de quedar embarazadas, deben abandonar el uso de esmalte de uñas, incorporar ciertos suplementos, practicar la meditación y esforzarse por disminuir sus niveles de cortisol. A menudo, estos consejos combinan información científica con afirmaciones que carecen de evidencia sólida. Además, se han publicado libros con títulos como “La fórmula de la fertilidad”, “La revolución de la preconcepción” y “9 meses no son suficientes”, que refuerzan la noción de que las mujeres pueden ejercer un mayor control sobre la salud de sus futuros hijos de lo que comúnmente se piensa.
El renovado enfoque en la etapa preconcepcional se produce en un contexto de creciente atención a nivel nacional sobre las causas ambientales del autismo. Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud y Servicios Humanos, ha sido objeto de numerosas críticas por su afirmación de que una toxina del entorno podría ser la causa del incremento en las tasas de autismo, además de calificar esta condición como una “enfermedad que se puede prevenir”. Sin embargo, muchos expertos en el campo del autismo han puesto en duda estas declaraciones, sosteniendo que el aumento en la prevalencia puede explicarse de manera más lógica por la ampliación de los criterios de diagnóstico y una mayor sensibilización, argumentando además que el autismo no debería considerarse una enfermedad, sino más bien una manifestación de la diversidad humana.
La idea de la prevención no solo promete claridad científica; también asigna responsabilidad. Si el autismo se configura no solo por la biología, sino también por condiciones ambientales sobre las que los gobiernos y las instituciones pueden influir, inevitablemente surgen cuestiones éticas incómodas.
David Beversdorf, un académico de la Universidad de Missouri especializado en autismo y estrés, respalda la sugerencia de las principales organizaciones médicas de que los ginecólogos y obstetras ofrezcan orientación a sus pacientes sobre alimentación y actividad física antes de la concepción. No obstante, expresa reservas acerca de ampliar esta recomendación a advertencias generales sobre exposiciones ambientales, citando la escasez de evidencia y el potencial de que tales consejos resulten poco prácticos o incluso contraproducentes.
“Todavía no contamos con evidencias suficientes para determinar un curso de acción, lo que hace que las recomendaciones resulten un tanto ‘intimidantes’”, comentó. “Me sentiría inquieto al llegar a este punto”.
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Mil 300 días
El intervalo de cerca de tres años que incluye los meses antes de la concepción, el embarazo y los primeros años de vida es un momento crucial en el desarrollo humano, capaz de influir en la salud de una persona a lo largo de su existencia. Estudios, en su mayoría apoyados por los Institutos Nacionales de la Salud, han establecido conexiones entre los hábitos y las exposiciones experimentadas durante esta fase y una serie de problemas, tales como la obesidad, el asma, ciertos tipos de cáncer en la infancia, así como una disminución en la inteligencia y la memoria de trabajo, entre otros.
Recientemente, ha cobrado gran relevancia un estudio liderado por Robert Naviaux, un investigador de la Universidad de California en San Diego, reconocido por su enfoque en las mitocondrias, que son las fábricas de energía de las células. Naviaux y su grupo proponen una nueva perspectiva sobre el autismo: en lugar de verlo como una condición genética casi inalterable, sugieren que podría ser más apropiado considerarlo un síndrome metabólico e inflamatorio influenciado tanto por factores biológicos como ambientales.
El núcleo de su teoría radica en la reacción celular ante el peligro, un estado transitorio de supervivencia que se activa ante una amenaza que se siente.
Cuando se activan, las mitocondrias cambian su función de fomentar el crecimiento a alertar sobre inconvenientes, lo que provoca una desaceleración en el desarrollo para facilitar procesos de reparación. Según Naviaux y su equipo, los problemas emergen cuando esta respuesta no se interrumpe.
En un enfoque de tres etapas, el riesgo de desarrollar autismo se presenta cuando la predisposición genética se combina con un factor ambiental desencadenante en las primeras etapas de la vida, lo que da lugar a una activación sostenida de la respuesta al peligro durante momentos cruciales del desarrollo cerebral. Este factor estresante puede manifestarse a través de una infección viral o inflamación provocada por la contaminación del aire. Desde este punto de vista, el autismo puede interpretarse como el resultado de un desarrollo bajo condiciones de estrés biológico continuo: un cerebro que se ajusta a un entorno que, a nivel celular, nunca logra sentirse completamente seguro.
Naviaux cree que determinar quién podría ser más susceptible al autismo (quizás mediante el análisis de variantes genéticas, biomarcadores metabólicos, escáneres cerebrales y exposiciones ambientales tempranas) podría abrir una ventana para la intervención, permitiendo a los médicos realizar cambios específicos antes de que el autismo emerja por completo.
Frecuentemente se compara con la fenilcetonuria, conocida como PKU, un raro trastorno metabólico que impide al organismo descomponer un aminoácido concreto, lo que puede resultar en convulsiones, discapacidad intelectual y otras serias complicaciones. En tiempos en que su causa no era comprendida, la PKU se consideraba incurable. No obstante, en la actualidad, su manejo es habitual gracias a la detección temprana, una estricta dieta baja en proteínas, fórmulas médicas específicas y, en ciertos casos, la administración de medicamentos. “La razón de ser de la detección universal en recién nacidos es la PKU”, afirmó Naviaux.
La enseñanza que se extrae es que no todos los niños corren peligro, sino que hay quienes son más vulnerables que otros.
“El aspecto fundamental radica en detectar a tiempo”, afirmó. “Existen un grupo específico de niños que pueden reaccionar de manera particularmente sensible a las variaciones en su entorno”.
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Intolerancia química
Una teoría relacionada sobre cómo puede desarrollarse el autismo comienza con los padres.
Claudia S. Miller, profesora emérita del Departamento de Medicina Familiar y Comunitaria de la Universidad de Texas en San Antonio, ha teorizado que el autismo, en algunos casos, podría estar relacionado con una exposición significativa a sustancias químicas por parte de uno o ambos padres, como el moho tóxico, que provoca una afección crónica conocida como intolerancia química. Las personas con intolerancia química, que los científicos creen que puede deberse a la señalización inmunitaria, la neuroinflamación, el estrés metabólico, la sensibilización del sistema nervioso o una combinación de estas, pueden desarrollar síntomas graves, como dolores de cabeza, fatiga y confusión, al exponerse a sustancias cotidianas como los limpiadores domésticos, reacciones que la mayoría de las personas no experimentan.
Miller sugiere que la intolerancia química involucra a los mastocitos, que actúan como primera respuesta del sistema inmunitario. Al ser activadas por sustancias químicas o virus, estas células liberan moléculas inflamatorias que producen reacciones similares a las de una alergia. Miller teoriza que esta respuesta inflamatoria podría, a su vez, alterar el desarrollo cerebral normal y provocar autismo.
En 2024, Miller y sus colegas publicaron un análisis que mostraba que en un grupo de casi ocho mil adultos estadounidenses, los padres con puntuaciones de intolerancia química en el percentil 10 superior tenían 5.7 veces más probabilidades de tener un hijo con autismo en comparación con aquellos en el percentil 10 inferior.
Estos hallazgos se replicaron en un estudio publicado en enero de 2026 en el Journal of Xenobiotics, que examinó a niños de cinco países. En Italia, India y Estados Unidos, los niños nacidos de padres con los niveles más altos de intolerancia química tenían un riesgo más del doble de autismo; en México, el riesgo era 1.9 veces mayor. No se encontró asociación en los datos japoneses, aunque los investigadores sugirieron que las diferencias culturales en el diagnóstico y la concienciación podrían haber influido en los resultados.
Ninguno de los estudios establece causalidad, pero Miller afirmó que ambos plantean suficientes dudas sobre una posible relación, por lo que en los últimos años ha colaborado con médicos para fomentar la detección de intolerancia química en futuros padres y ofrecer asesoramiento ambiental cuando corresponda. Señala que, con decenas de miles de sustancias químicas sintéticas presentes en productos cotidianos —muchas introducidas durante el auge de la industrialización tras la Segunda Guerra Mundial—, el número de posibles desencadenantes es enorme.
“Nuestro mundo es totalmente diferente a cuando nuestros abuelos eran más jóvenes”, dijo.
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Momentos “Ajá”
Conry es un médico de las afueras de Sacramento que dirige la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia, de la cual es miembro el Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos, una de las sociedades médicas más influyentes del país.
Ella recuerda que ha tenido varios momentos de revelación en su carrera en lo que respecta a la exposición ambiental y el embarazo, después de enterarse de los lápices labiales contaminados con plomo y los graves defectos de nacimiento en los bebés nacidos de mujeres que viven en comunidades agrícolas, y ha dedicado los últimos años a organizar seminarios, hablar en capacitaciones y otros eventos para educar a los médicos y pacientes sobre cómo minimizar las exposiciones tóxicas.
Conry cree que evaluar las exposiciones en el hogar, el trabajo y la comunidad debería ser una parte rutinaria de una consulta de fertilidad.
Ella dijo que la idea no es que los padres puedan –o deban– diseñar resultados perfectos, sino que pequeños cambios realizados a tiempo pueden cambiar las probabilidades en los márgenes.
Helen Tager-Flusberg, directora del Centro para la Excelencia en la Investigación del Autismo de la Universidad de Boston y fundadora de una coalición de científicos especializados en autismo que exige una investigación más rigurosa, afirmó que hay poca evidencia de que intervenciones específicas durante el período preconcepcional puedan marcar una diferencia significativa. Advirtió que centrarse en este período es prematuro, y posiblemente perjudicial, dadas las limitaciones actuales de la ciencia. Señaló el pasado, cuando tanto los investigadores como el público culparon erróneamente a las llamadas “madres refrigerador” (que eran frías o emocionalmente distantes) y a su crianza del autismo.
“Durante décadas hemos hecho demasiado como sociedad para que las mujeres sientan que la carga recae sobre ellas”, dijo.
Dijo que el mejor consejo para las mujeres que están considerando un embarazo no ha cambiado durante décadas: tomar vitaminas prenatales con ácido fólico, comer una dieta saludable, mantenerse en forma y evitar las drogas, el alcohol y el tabaco.
Tager-Flusberg afirmó que existe evidencia más sólida de otros factores de riesgo del autismo, uno de ellos la presencia de varios genes de alto impacto que exponen a algunos niños a una forma más grave de la enfermedad. ¿Debería permitirse a las mujeres realizar pruebas de detección de estos factores en el útero? Añadió que la relación entre la edad de los padres y el autismo es mucho más sólida que la encontrada para exposiciones como el BPA, los ftalatos y otros factores ambientales.
En teoría, la comunidad médica podría recomendar a las mujeres tener hijos entre los 20 y los 30 años y a los hombres antes de los 40 o principios de los 40 para reducir las tasas de autismo. Sin embargo, señaló que estas directrices plantean preocupaciones sociales más amplias sobre la autonomía reproductiva, la igualdad de género, las realidades económicas, así como el riesgo de estigmatizar a los padres mayores.
“Son territorios nuevos”, dijo, “y no estamos preparados como sociedad para pensar en ellos”.
Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia.
Desde Referente Guatemala Creemos que la información también nos ayuda a comprendernos mejor como sociedad y a observar con mayor atención lo que ocurre a nuestro alrededor.








