En una región ficticia de Centroamérica se establece una gran prisión para miembros de pandillas. Sin embargo, hay sospechas de que muchos de los encarcelados son inocentes. De esta forma, se elabora un plan para escapar.
El escenario no es El Salvador bajo el mando de Nayib Bukele, sino Nueva Verapaz, una república inventada que nació de la fragmentación de los Estados de la zona, liderada por una mujer conocida como La Dama Fuerte.
Y la gran prisión no es el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) inaugurado por Bukele en 2023 como emblema de su política de seguridad rígida, sino un establecimiento penitenciario llamado Infiernón.
La trama de “Animal colonial” se desarrolla en este contexto, una novela recién publicada por Rodrigo Rey Rosa, un autor guatemalteco nacido en 1958 que conoció al célebre novelista estadounidense Paul Bowles en Tánger (Marruecos) y se convirtió en su protegido, además de haber recibido premios como el Premio Nacional de Literatura de Guatemala en 2004.
Residiendo en Grecia desde la pandemia de covid, el autor de obras como “Severina” y “El material humano” conversó con BBC Mundo sobre su nuevo libro, justo antes del festival literario Centroamérica Cuenta, que se lleva a cabo este mes en Panamá.
A continuación, se presenta un resumen de la conversación telefónica con Rey Rosa, a quien el escritor chileno Roberto Bolaño elogió por su estilo literario.

¿Qué te inspiró a escribir un libro basado en la megacárcel de Bukele?
He escrito varias obras sobre prisiones: “Cárcel de árboles”, que aborda aquellas prisiones privadas en Estados Unidos que eran un negocio lucrativo… Es un tema que me ha llamado la atención.
Guatemala también puede sentirse como una prisión, si no tienes la oportunidad de escapar.
No tengo claro cómo surge la idea, pero comencé a investigar mucho sobre Bukele y el misterio que rodeaba esa cárcel. Y me surgió el deseo de intentar algo similar a mi cuento titulado “Cárcel de árboles”, que transcurre en un lugar remoto. Lo opuesto a una cárcel como esta, que se presenta como un orgullo nacional.
Comencé a tomar notas y de repente aparecía un personaje que parecía ser el hilo conductor, y así fui avanzando, poco a poco.
¿Cuál consideras que es el mayor reto de plasmar en la literatura una situación real como la de El Salvador y su megacárcel?
Dado que es un tema tan político, ese fue mi principal desafío. Pasé quizás dos o tres meses pensando en cómo abordarlo, hasta que encontré a ese personaje que es enviado desde La Haya para investigar. Está inspirado en dos amigos míos que son investigadores, uno de ellos trabaja en La Haya.
Creí que era un personaje que podría seguir y que no era descabellado que se adentrara en ese mundo tan cerrado.
Así resolví ese dilema. Si no conociera a esa persona, tal vez no se me habría ocurrido un personaje interesante que se adentrara en un entorno tan hostil.

Al igual que en tus obras anteriores, esta nueva novela incorpora elementos de ciencia ficción entrelazados con la realidad. ¿Qué valoras en la ciencia ficción como escritor?
La oportunidad de hablar cada vez más sobre nuestro presente, que ya parece ciencia ficción. Hay situaciones que observamos a diario que hace 20 años eran consideradas ciencia ficción.
Por lo tanto, creo que ese estilo de escritura se vuelve más realista.
Es cierto que la única ciencia ficción que he escrito está relacionada con prisiones. Nunca reflexioné sobre el motivo.
Sin embargo, en Guatemala hubo un caso que recordé al pensar en el Cecot: se descubrió en la década de 2010 que, durante el gobierno revolucionario (en la década de 1940), desafortunadamente, médicos estadounidenses realizaron experimentos, principalmente con penicilina, en prisioneros, pacientes de manicomios y soldados sin su conocimiento.
Eso está ampliamente documentado: a un tal doctor Cutler no le permitieron seguir sus experimentos en EE.UU. y a través de una amistad lo invitaron a Guatemala.
E infectaron enfermedades de transmisión sexual como sífilis y gonorrea a prisioneros y otros…
La penicilina avanzó gracias a eso y Cutler quedó desgraciado, porque en efecto había hecho unas barbaridades. Curaban a unos y otros no.
Con ese antecedente… La verdad es que no me extrañaría mucho que esté pasando, que esa gente que está ahí condenada a cadena perpetua sean conejillos de indias.
¿Dices que no te extrañaría que esté pasando algo similar?
En las cárceles de países totalitarios, sí. Incluso tal vez más. Creo que es como el tipo de población ideal para que gente sin escrúpulos experimente.
He oído que es un poco nuevo lo que hacen en el Cecot, los presos no ven la luz del día, nunca se apagan las luces eléctricas… Supongo que debe haber un interés científico perverso.

“Animal colonial” también plantea algo que parece imposible en la vida real: la idea de escapar de una megacárcel similar al Cecot. ¿De dónde viene eso?
Cualquier ficción que implique una prisión, implica la idea de la fuga.
Me gusta leer y ver películas con ese tema. Son fugas que parecen imposibles, porque las cárceles están hechas para que sea imposible fugarse. Pero mira, de Alcatraz se han fugado.
Fui de visita a Guatemala en septiembre y hubo una fuga masiva, pero no tan ingeniosa: le pagaron dinero a los guardias y salieron caminando varios de los presos más peligrosos. Eso casi lleva a un golpe de Estado, porque hubo una protesta y renunció el ministro del Interior.
Volviendo a tu pregunta, creo que el tema de la cárcel pide el tema de la fuga, se llegue a realizar o no: creo que es el sueño de cualquier preso que tenga todavía los instintos básicos.
Otro dato sorprendente de esta novela es que la megacárcel es creación y símbolo de poder de una presidenta, La Dama Fuerte. ¿Algo en particular te llevó a poner a una mujer y no un hombre en ese lugar?
Sí, también es anecdótico guatemalteco. La hija de Efraín Ríos Montt, el dictador acusado de genocidio, se lanzó como candidata a la presidencia. Y una de sus promesas era construir una cárcel más grande que la de Bukele.
Una mujer bastante atractiva, tuve la suerte de conocerla y hablar con ella en un evento cuando no era candidata. Y era muy abordable; muy simpática, pero daba miedo.
Ella es mi modelo: esta mujer fuerte, inclemente y muy moderna.
“En vez de preguntarnos por qué esos muchachos están presos, deberíamos preguntarnos para qué”, plantea una frase de tu novela. ¿Cómo responderías a esa pregunta sobre la situación real de los presos en la megacárcel de Bukele?
Lo que hace a esta cárcel tan criticable es que no hay salida. Es puro castigo, no hay ningún impulso de rehabilitar.
Las condiciones en que viven, por lo que lo he leído, parecen algo inhumano. Y creo que es válida la pregunta que hace un personaje: si tal vez sería mejor la muerte a esa vida.

Sin embargo, muchos en América Latina ven como un modelo lo que ocurre en El Salvador…
Eso es lo que me preocupa. Se llevan a mucha gente que es inocente y la estructura legal alrededor de la cárcel no permite que se revisen esos casos.
En una cárcel para 40.000 personas, hay mucha gente encerrada injustamente.
Si hubiera mecanismos para que la gente inocente pueda salir, es otra cosa. Pero, a sabiendas de que eso no es posible, es muy dañino.
Además, con el giro a la derecha que está viéndose en casi todo el mundo, puede volverse la norma este tipo de centros de detención.
¿Cómo ves la situación de tu país, Guatemala, bajo el gobierno de Bernardo Arévalo, que fue elegido para enfrentar la corrupción y ampliar la democracia?
Creo que está atado de manos. No lo conozco personalmente; conozco gente que colabora y cree en sus buenas intenciones, en las que yo también creo. Pero no creo que tuviera la personalidad, el conocimiento ni la energía necesaria para un cambio.
Y aún teniéndola, no sé si se podría, por el grado de corrupción que existe en Guatemala. Y también por el racismo.
La población maya ha demostrado ser para mí la única esperanza de un cambio profundo. Pero como es un país sistemática y estructuralmente tan racista, es muy poco probable que llegue a dominar una de las etnias mayas.

Veo una podredumbre tal que no es fácil vislumbrarlo, por lo menos no en las próximas décadas. Soy muy pesimista y no se me ocurre ningún modelo.
En ese sentido, creo que estamos peor que cuando había una especie de esperanza, que tal vez era un espejismo, de que una revolución socialista fuera a mejorar las cosas en Latinoamérica. Ahora creo que nadie tiene esa ilusión en serio.
Arévalo logró recientemente algo que se había propuesto desde que fue electo: la salida de la fiscal general Consuelo Porras, acusada de usar su poder con fines políticos y señalada como corrupta y antidemocrática por EE.UU. ¿Qué opinas de esto y de la designación de Gabriel García Luna como nuevo fiscal general?
Creo que no habrá grandes cambios con esta elección; parece que se trata de mantener la estructura de antes, con algunos ajustes que permitan que el estado de las cosas, que no es nada bueno, se preserve.
¿Hasta qué punto crees que en Guatemala se puede reducir el poder de la élite económica, considerada una de las más voraces de América Latina?
Sí y eso no es nuevo: desde el siglo pasado ha estado dominado por la misma gente.
Tal vez ahora comparten un poco el poder con el ejército, porque sin el ejército no hubieran logrado mantenerse después de la contrarrevolución (a partir del golpe de 1954 contra el presidente Jacobo Árbenz).
Entonces el ejército se volvió más poderoso de lo que era. El ejército, digamos, es la clase social que subió más. Si no, poco ha cambiado: no se ha movido mucho la forma de la pirámide.
“Animal colonial” transcurre en una nación ficticia de Centroamérica. En una parte dice que “la fragmentación de los pequeños países de esta región en estados todavía más pequeños y autoritarios representa una etapa más del avanzado proceso de desintegración política del subcontinente”. ¿Temes que esto ocurra en la realidad, o también es pura ciencia ficción?
En Guatemala, precisamente, hay pueblos mayas que tienen un derecho aceptado: puedes acogerte a ese sistema en vez de al occidental. Y ha habido el deseo de separarse.
De hecho, líderes mayas ofrecieron proteger en su territorio a Iván Velásquez (el colombiano que dirigía la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, a quien el gobierno de turno le prohibió entrar al país en 2018). Eso ya para mí era un signo de cierta fragmentación.

Sí, creo que en Guatemala por lo menos, la región maya y las regiones no mayas podrían llegar a dividirse. Desde fuera difícilmente se ve dónde está la frontera. Pero hay una gran diferencia entre el mundo maya que se rige por ciertos principios, y el mundo occidental o mestizo. Y ahí habría un corte natural.
Si hablas con los líderes mayas, estarían muy contentos con eso, porque los dejarían tranquilos. Lo que quieren es vivir tranquilos. No tienen deseo de dominar al resto del país, al contrario.
¿Qué significaría eso para Guatemala?
Un abrir de ojos, de que realmente dependen de esa gente. Porque la agricultura y mucha de la riqueza guatemalteca viene de ahí, pero son tratados con ese racismo despreciativo, como que no valieran nada. Y no están representados en el gobierno realmente.
¿Piensas volver a vivir en Guatemala alguna vez?
Mira, al cumplir 18 años me fui. Volví 20 años después. Viví otros 20 años ahí. Y si me queda vida, al final tal vez vuelva. Ahora no tengo ganas de volver.
Pero sí me mantengo en contacto y voy a pasar algunos meses cada año. No excluyo esa posibilidad.

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