Los últimos días del año suelen ser un momento de introspección, donde reflexionamos sobre lo vivido y planteamos nuevos objetivos que nos motivan a iniciar el próximo ciclo con determinación.
Perder peso, ahorrar dinero, retomar estudios, viajar… Estas son algunas de las metas más habituales en nuestras listas. Anotarlas resulta beneficioso y provoca una emoción auténtica, como si ese sencillo acto nos acercara un poco más a la meta.
Incluso el organismo reacciona con una satisfacción química que nos motiva a comenzar.
Sin embargo, con el paso de las semanas, algo cambia. Asistir al gimnasio y llevar un estilo de vida saludable se vuelve más complicado de lo que parece. Ahorrar se torna difícil, porque ‘siempre surgen gastos inesperados’. Los horarios de los estudios no se ajustan a las jornadas laborales y, poco a poco, las metas que iniciamos con tanto entusiasmo van quedando atrás.
Y es en ese momento cuando surgen las preguntas: ¿Qué me ocurrió? ¿Por qué no logré mis objetivos? ¿Acaso me falta disciplina?
La respuesta es más compleja de lo que parece. En muchos casos, el incumplimiento de los propósitos de fin de año no se debe a una falta de carácter, sino a una combinación de procesos cerebrales, presiones sociales que moldean nuestros deseos y condiciones estructurales que limitan las posibilidades reales de cambio.
El calendario como promesa cultural
Cada diciembre se repite el mismo ritual: hacer un balance del año que termina y prometer cambios para el que comienza. No es una coincidencia. ‘El ser humano siempre ha medido el tiempo a través del movimiento de los astros’, explica el historiador y antropólogo social Mauricio José Chaulón Vélez. ‘Llegamos al final de un ciclo que hemos medido, y eso nos permite visualizar nuestros logros, pero también lo que nos faltó’.
‘Es inevitable reflexionar: ¿cómo comenzamos el año y cómo lo estamos cerrando?’, considera Chaulón. Las canciones de Año Viejo, los chistes sobre propósitos olvidados, las reflexiones en redes sociales: todo responde a esa necesidad humana de medir, evaluar y reiniciar.
Pero este reinicio conlleva una trampa cultural. ‘Pensamos que cada nuevo año debe comenzar sin problemas’, afirma el antropólogo. Esa esperanza es necesaria —sin ella caeríamos en la desesperanza—, pero también es engañosa, ya que ignora algo fundamental: las condiciones materiales de nuestra existencia.

Metas prestadas
Analicemos un poco la lista de propósitos. ¿Cuántos de ellos realmente surgen de un deseo personal? ‘Muchas metas están influenciadas por el entorno social: redes sociales, amigos, familia’, advierte la psicóloga clínica Angie Mendoza. El problema no es tener referentes, sino que esas aspiraciones dejan de ser íntimas y se transforman en comparaciones constantes.
‘Nuestro cerebro percibe como real el miedo de quedarnos atrás’, explica Mendoza. Las redes sociales actúan como vitrinas digitales donde todos exhiben sus logros. ‘Se genera una presión por obtener más reconocimiento, porque los demás lo están haciendo, y si no lo hago, siento que me estoy quedando atrás’, describe la profesional.
Este fenómeno tiene un origen aparentemente inocente. ‘Es curioso, porque esto tiene un principio que fomenta la competitividad y el desarrollo’, señala Mendoza. Sin embargo, cuando se descontrola, ‘ya no podemos detenernos, y nada de lo que logremos parece suficiente, porque siempre habrá otros que parecen estar un paso adelante’.
Propósitos realistas
Ahora consideremos la posibilidad de proponernos dos objetivos que, a primera vista, parecen razonables: perder peso y ahorrar dinero. Ambos parecen factibles, incluso complementarios. Pero, al momento de implementarlos, la realidad es diferente.
‘Si quiero bajar de peso, tendré que modificar mi dieta; esa alimentación, generalmente, es un poco más costosa. Ir al gimnasio implica una cuota mensual, adquirir ropa deportiva’, detalla el neurocientífico y analista funcional de la conducta Érik González. ‘¿Esa meta es compatible con el propósito de ahorrar? Esa sería la pregunta a responder. Y la respuesta es: no’.
Además, al elaborar nuestra lista de propósitos, a menudo pasamos por alto ciertos factores. ‘No consideramos situaciones externas. Quiero perder peso, pero tengo un trabajo muy sedentario. A veces resulta frustrante, porque para lograrlo debería tener un trabajo más activo o trabajar menos horas. También tendría que cambiar mi dieta, lo que implica otra disponibilidad económica’.
Y en Guatemala, donde el salario mínimo no cubre las necesidades básicas y el costo de vida aumenta constantemente, esos factores externos no son excusas: son realidades.
‘Hay muchas cosas que no consideramos y que están relacionadas con mi estilo de vida’, insiste Mendoza. ‘Entonces nos juzgamos con demasiada severidad y pensamos: ‘No soy constante’, ‘es que no tengo disciplina’, pero no hemos tenido en cuenta que todos esos factores externos también influyen’.
Así, según Mendoza, ‘cuando vemos que el progreso, a los tres meses, no es como esperábamos, ahí es cuando comenzamos a frustrarnos. La expectativa no se cumple. Entonces, esperamos a que empiece otro año para volver a comenzar, para replantearlo’.

Medir esfuerzo, no resultados
Más allá de hacer una lista de propósitos, los especialistas sugieren dejar de medirlos por lo que se ha alcanzado y comenzar a evaluarlos por lo que se ha intentado.
‘No deberíamos medirnos por el resultado, sino por el esfuerzo’, enfatiza Mendoza. ‘Puede ser que trabaje mucho, pero no tengo la vida comprada. No debería definirme si lo logré o no, sino cuánto avancé en el camino para conseguirlo’.
Mendoza propone una alternativa a la planificación anual: trabajar por trimestres. “Son períodos más cortos. En lugar de evaluar por año, se evalúa por semana durante tres meses. Eso ayuda a mantener la constancia”. Un trimestre tiene 12 semanas, tiempo suficiente para ver avances sin la distancia intimidante de 12 meses.
También sugiere dividir las metas grandes en objetivos pequeños. “En vez de ‘quiero aprender inglés’, plantear ‘quiero completar el primer curso en tres meses’. Cuando lo logre, voy a sentir que alcancé algo”. Esas pequeñas victorias son cruciales porque “el cerebro responde mejor a metas breves, ya que permiten experimentar el logro de forma más rápida”.
González, por su parte, hace énfasis en el lenguaje que usamos con nosotros mismos.
“Sacar el ‘debo’ e introducir el ‘puedo’”, propone. “Una vez el cerebro escucha ‘debo alcanzar’ o ‘tengo que alcanzar’, hay una reactancia, y automáticamente aparece un rechazo hacia el objetivo, por más loable o beneficiosa que sea la meta”.
El antropólogo advierte sobre el peligro de abandonar por completo los deseos: “Cuando una persona ya no tiene deseos, ni objetivos, ni metas, eso es peligroso, porque podría estar en una depresión clínica. Nosotros siempre nos planteamos deseos, y eso nos mantiene vivos”.
¿Qué ocurre en el cerebro cuando nos planteamos metas para el nuevo ciclo?
Cuando escribimos un propósito, “a nivel cerebral se activa principalmente la corteza prefrontal”, explica González. Esa región —exclusiva de los seres humanos— actúa como “el director ejecutivo del cerebro” y se encarga de visualizar el futuro y realizar lo que el especialista llama “prospecciones”.
“Hay prospecciones de tiempo y prospecciones de evento”, precisa. Las primeras ocurren cuando decimos “empiezo el lunes” o “empiezo el primero de enero”; las segundas, cuando condicionamos: “tiene que suceder A para que entonces B se pueda dar”.
El problema es que visualizar no es ejecutar. “El cerebro simula mentalmente un proceso de éxito. Entonces, esto libera dopamina”, explica el neurocientífico. La dopamina es un neurotransmisor asociado al placer, pero en este caso actúa como dopamina anticipatoria: “Básicamente, lo que hace el cerebro es darte una probadita química de la recompensa antes de obtenerla”.
Ese es el “shot dopaminérgico” que sentimos al imaginar haber alcanzado la meta. “Es como una subida de dopamina, pero no estoy hablando de un proceso motivacional, ojo; son cosas distintas”, aclara González. Es placer anticipado, no motivación real para sostener el cambio.

La extinción de la conducta
El entusiasmo químico de diciembre tiene fecha de caducidad. “Cuando hablamos de metas de largo plazo, la probadita química que recibimos al inicio tiende a extinguirse. ¿Por qué? Porque no tenemos una regla verbal que la sostenga”, explica González.
El cerebro necesita reforzadores inmediatos para mantener una conducta. “Nosotros sostenemos comportamientos mediante refuerzos inmediatos, no con consecuencias diferidas”, afirma el profesional. Las metas de largo plazo ofrecen recompensas demasiado lejanas.
Eso explica por qué se pierde la motivación incluso antes de marzo. “No hay reforzadores intermedios; no me estoy otorgando pequeñas victorias que permitan que la conducta entre en un proceso de mantenimiento. Al no tener ese refuerzo, se produce una extinción del comportamiento. Mi conducta se extingue porque el cerebro no visualiza la recompensa que lo justifica”.
El mito de los 21 días
Las redes sociales nos han hecho creer que se necesitan 21 días para formar un hábito. Sin embargo, según el neurocientífico, esto es falso. “No está científicamente definido que, después de 21 días de realizar una actividad, esta se establezca como un hábito. No”, sentencia González.
“Depende de los reforzadores. Si estoy reforzando la meta con una verbalización o con pequeñas recompensas, no importa si son 21, 41 o 92 días. De lo contrario, se produce una extinción”, explica.
Cuando el estrés toma el control
El cerebro opera con dos sistemas en juego: la corteza prefrontal —racional, planificadora— y el sistema límbico —emocional, inmediato—.
Cuando ambos funcionan en forma armónica, “hacemos un match perfecto” entre razón y emoción. Pero hay un problema: “Cuando estamos estresados, la corteza prefrontal se apaga, y entonces el sistema límbico toma el control, buscando alivio inmediato”.
Por eso, “lo inmediato y certero casi siempre gana a lo demorado y probable”. El cerebro prefiere el placer inmediato de la comida rápida frente al beneficio abstracto de la salud futura.
Dividir para vencer
La estrategia más efectiva, según González, es descomponer. “Toda meta de largo plazo necesita dividirse en micrometas. Eso te da tu dosis de mantenimiento para que esa meta se sostenga en el tiempo”, explica.
También recomienda establecer recordatorios constantes. “Tener muy claro por qué estoy haciendo lo que hago. Ya sea que lo apunte como salvapantallas, en mi celular, en mi tableta, o se lo comparta a mi familia. Algo que me recuerde la razón de mi esfuerzo, porque en algún momento puedo olvidar por qué lo estoy haciendo”.
Además, señala que “el hecho de elaborar una larga lista de propósitos suele generar más frustración que satisfacción”. Por eso, su consejo es proponerse una sola meta al año y trabajar para adaptarla a la propia vida.
Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia.
Desde Referente Guatemala Creemos que la información también nos ayuda a comprendernos mejor como sociedad y a observar con mayor atención lo que ocurre a nuestro alrededor.








