Méndez Vides, reconocido en su ámbito, publica casi a diario en sus redes sociales—Facebook, Instagram y TikTok—, enfocándose especialmente en temas relacionados con la literatura. Interactúa con otros entusiastas de la lectura, en su mayoría jóvenes.
En los días recientes, ha interrumpido su labor tanto en el ámbito digital como en el literario, debido a la avalancha de llamadas y mensajes que ha recibido tras ser galardonado con el Premio Nacional de Literatura 2025.
Mediante el Acuerdo Ministerial 39-2026, el Ministerio de Cultura y Deportes ha concedido este honor. Según el comunicado oficial, “el autor guatemalteco Adolfo Vides, originario de La Antigua Guatemala, ha recibido el más alto reconocimiento literario del país, en mérito a una trayectoria firme y continua, estrechamente relacionada con el pensamiento crítico, la producción literaria y la promoción cultural”.
Con el paso del tiempo, Méndez Vides, quien nació en 1956, ha forjado una obra que él describe como “generosa”. Esta creación literaria abarca novelas, colecciones de cuentos y relatos, lo que le ha permitido afianzar su posición en el contexto de la literatura contemporánea de Guatemala.
La escritora María Elena Schlesinger es su esposa. Juntos tienen cinco hijas y han sido bendecidos con nueve nietos. En esta conversación, él revela lo que ha representado para él la noticia de haber sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura, además de compartir fragmentos de su trayectoria personal.
—Usted nos comentaba que se ha sorprendido por la forma en que ha sido recibido este reconocimiento. ¿Cómo ha vivido estos días?
—Recientemente, he tenido la oportunidad de reencontrarme con numerosas personas, incluyendo a viejos amigos que no veía desde hace dos o tres décadas. Justo hoy, he recibido llamadas de sitios muy distantes, como California y El Cairo, además de otras localidades donde tengo amigos entrañables. He estado ocupándome de atender estas comunicaciones en los últimos días.
La experiencia ha resultado ser sumamente placentera. En el hogar, la alegría de mi familia es palpable. Observo a mis hijas llenas de entusiasmo y a mis nietos curiosos, formulando preguntas para comprender de qué va todo esto. Esta situación ha transformado este evento en una vivencia realmente encantadora para mí.
—¿Qué significa este reconocimiento dentro de una trayectoria tan amplia como la suya?
—No se anticipa que se celebre, pero cuando ocurre, indudablemente genera entusiasmo y felicidad. No es solo por el evento en sí, sino por las energías positivas que provoca. Considero que es importante destacar y agradecer que la nación ofrezca estos gestos.
Desde siempre he creído que la escritura literaria debe ser un acto desinteresado. No obstante, cuando se presentan situaciones como estas, surge la sensación de que he tomado la decisión adecuada y que, al final, se encuentra una manera de reconciliación.
—Usted creció en Antigua Guatemala, ¿en qué momento se traslada a la ciudad capital?
—Soy originario de Antigua Guatemala. Pasé toda mi infancia y adolescencia en esa hermosa ciudad, hasta que comencé la universidad. Durante mis estudios, me trasladaba diariamente de Antigua a la capital. Con el tiempo, debido a compromisos laborales y a la falta de tiempo, decidí tener una segunda residencia en la ciudad, pero mis lazos con Antigua nunca se han debilitado. Poseo una casa allí y también un espacio en la capital, y me desplazo según lo requieran mis responsabilidades laborales. Antigua sigue siendo mi hogar.
Este refugio ha tenido un valor muy especial para mí. En los primeros años de este siglo, recibí de la Municipalidad de Antigua Guatemala la Orden Rafael Landívar, un honor que valoro inmensamente. Para mí, el hecho de que mi ciudad natal reconociera mi labor literaria, tras más de 25 años de esfuerzo, fue una experiencia profundamente conmovedora. Posteriormente, hace aproximadamente ocho o diez años, la Municipalidad de la ciudad de Guatemala me dedicó la Feria del Libro. Fueron instantes muy agradables, pero el hecho de que ahora sea todo el país el que aprecie mi obra y mi dedicación me brinda una satisfacción aún mayor. Solo me queda conquistar al resto del mundo.

—¿Cómo fue su acercamiento a la literatura?
Desde mis primeros años, esa curiosidad me acompañó. Tuve la fortuna de crecer en un hogar rodeado de lectores. La biblioteca de mi abuelo materno era vasta y maravillosa, repleta de libros que llegaban hasta el techo, en una casa con historia. Aunque él había partido antes de que yo llegara al mundo, su biblioteca permanecía intacta, al igual que su imagen y su recuerdo. Para mí, ese espacio se sentía como un santuario.
Desde muy temprana edad, alrededor de los cuatro o cinco años, observaba a los mayores con un libro en sus manos y sentía curiosidad por el contenido de esas páginas. Simulaba que leía, acomodándome con los libros, incluso si estaban al revés. La lectura se convirtió en un deseo profundo. Una vez que adquirí la habilidad, me transformé en un apasionado lector.
A la edad de siete u ocho años, cuando me consultaban sobre mis deseos para el cumpleaños, mi respuesta siempre era un libro. En una ocasión, me aventuré solo a una modesta librería-papelería en Antigua, donde adquirí mi primer ejemplar. Al volver a casa, me sentía como si hubiera dado un paso importante, llevando mi primer libro conmigo. De esta manera, comencé a construir mi propia colección literaria.
La transformación del hogar de mis abuelos, con la donación de su biblioteca a la iglesia de San Francisco, me causó un profundo dolor. Era como si una parte esencial de mi niñez se desvaneciera. Quizás por esta razón, en cuanto tuve la oportunidad, emprendí la tarea de recrear mi propia biblioteca. La colección que poseo actualmente es, de alguna manera, un reflejo de aquella que perdí.
La transición de la lectura a la escritura se dio de manera orgánica. La abundante lectura avivó en mí el anhelo de contribuir con algo original. Me di cuenta de que los libros son capaces de maravillar, y anhelé integrarme en esa experiencia.
—¿Recuerda su primer intento como escritor?
Por supuesto. A la edad de 12 años, me aventuré a escribir una novela titulada El profesional, un thriller que surgió de las lecturas que disfrutaba en ese momento. La mecanografié, la monté de la mejor manera que supe y la envié a una editorial en México, proponiéndoles compartir el 50% de las ganancias. Fue una gran ingenuidad por mi parte. Dos meses más tarde, recibí una carta de rechazo, muy formal y directa. Este fue mi primer rechazo en el ámbito editorial, y lo guardé durante años, ya que para mí representaba que me habían tomado en serio.
Durante mis años en la escuela, comprendí que no me sentía completamente integrado. La mayoría de mis compañeros disfrutaban del deporte y las fiestas, mientras yo parecía estar en una realidad diferente. Esta sensación me llevó a ser más callado y reservado. Sin embargo, al llegar al bachillerato, tuve la fortuna de conocer a individuos que compartían mis intereses. Juntos, creamos un grupo al que llamamos Cuerpo sin Lugar, donde intercambiábamos libros, música y escritos.
Iniciamos la publicación de nuestros primeros escritos en El Imparcial. Posteriormente, el grupo se dividió. Por mi parte, seguí creando y durante varios años publiqué relatos, así como una novela por entregas.
A partir de esa etapa, se publicaron obras como El paraíso perdido y Las catacumbas, esta última galardonada con el Premio Latinoamericano de Novela en Nicaragua. Posteriormente, la novela Las murallas también recibió distinciones, destacándose con el Premio Mario Monteforte Toledo.
Tuve la fortuna de contar con el respaldo de grandes maestros como Augusto Monterroso y Mario Monteforte Toledo. A ambos les debo el inicio serio de mi carrera literaria.
—¿Cómo ve la evolución de la literatura en Guatemala?
—La literatura en Guatemala nunca ha sido el problema. Tenemos escritores de primera línea, desde Miguel Ángel Asturias hasta muchos autores contemporáneos reconocidos internacionalmente. Vivimos en un país intenso, lleno de contrastes, lo cual es un terreno fértil para la creación.
Hay muchos jóvenes escribiendo, muchas mujeres incursionando en la literatura. La problemática del país no es un obstáculo, sino un estímulo. No todo lo que se escribe se publica, y eso es normal. Hay que escribir mucho, esperar, pulir, madurar.
Las condiciones para crear están dadas. Guatemala, para la literatura, se pinta sola.
—¿Qué mensaje le daría a la niñez y a las nuevas generaciones, en medio de la tecnología y las redes sociales?
—La tecnología llegó para quedarse. Lo que nos corresponde es adaptarnos. Las redes sociales también pueden ser herramientas. Yo leo tanto en digital como en papel.
No creo que la tecnología haya alejado a los jóvenes de la lectura. Al contrario, veo mucho interés. En mis redes sociales me sorprende que la mayoría de quienes me siguen sean jóvenes.
Leer no es una obligación. El que lee descubre un mundo fascinante. Quien no lee, quizá no siente que pierde algo. Pero cuando alguien descubre lo que hay detrás de las palabras, ya no se aparta de ahí.
La clave es la pasión. Nadie puede obligar a otro a leer. Solo se puede invitar: “probá”. La lectura ofrece experiencias profundas sin necesidad de nada más. Está al alcance de todos. El que busca, encuentra.
Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia.
Desde Referente Guatemala Creemos que la información también nos ayuda a comprendernos mejor como sociedad y a observar con mayor atención lo que ocurre a nuestro alrededor.








