Dentro de la enseñanza del Evangelio y la conmemoración del nacimiento de Jesús, la tradición de los nacimientos ha sido adoptada por los fieles católicos, quienes reinterpretan el momento del nacimiento de Jesucristo.
El nacimiento del Mesías se representa con materiales como aserrín, piedras de río, figuras de ganado y las imágenes de María, José y el Niño Jesús. Según los relatos bíblicos, este acontecimiento tuvo lugar en Belén de Judea, tras la decisión de María y José de dejar Nazaret debido a la amenaza de muerte sobre su hijo.
Con gran devoción, al llegar diciembre, los creyentes erigen altares que evocan un entorno humilde y rústico, recordando el establo donde nació el Mesías. Según fuentes históricas, la representación del nacimiento debe realizarse el último domingo de Adviento, coincidiendo con la novena en honor al nacimiento de Jesucristo.
El padre Rodolfo Sabino menciona que los nacimientos son espacios y representaciones que invitan a la reflexión y meditación sobre la salvación que ofrece Jesús.
La representación de San José, la Virgen María y el Niño Jesús rememora el momento que marcaría un nuevo comienzo. Otros personajes mencionados en los Evangelios, como el buey, la mula y diversos animales, simbolizan el lugar de humildad donde Jesús nació.
El historiador Fernando Urquizu indica que los nacimientos tienen su origen en el siglo XII y se atribuyen a San Francisco de Asís. La primera representación en Italia, en 1223, se llevó a cabo con la autorización del papa Honorio III.
En Guatemala, el historiador señala que los nacimientos llegaron inicialmente como parte de los autos sacramentales presentados por los franciscanos en Europa. Sin embargo, la Iglesia reorientó estas representaciones para estandarizarlas en el contexto del Imperio español.
Fue en este contexto que el Concilio de Trento, liderado por San Carlos Borromeo y San Ignacio de Loyola, instauró un ajuar eclesiástico, es decir, un conjunto de imágenes que servirían como herramientas educativas de la Iglesia.
En 1585, el rey Felipe II ordenó que se convocaran estos nacimientos en América. Así se llevaron a cabo los concilios de Lima y el Concilio Mexicano, según Urquizu. Posteriormente, se celebró el Tercer Concilio Mexicano de 1584, al cual asistió la iglesia de Guatemala, representada por Fray Gómez Fernández de Córdoba.
Este concilio fue dirigido por Pedro Moya de Contreras, donde se discutieron los decretos del Concilio de Trento. Se aceptaron para la comunidad mesoamericana con la condición de que los elementos educativos del Evangelio se adaptaran a las enseñanzas locales y a los recursos disponibles en cada región.
Así surgieron los nacimientos en el antiguo Reino de Guatemala, cuya representación principal se encuentra en la colección de cuadros de la vida de la Virgen en la Catedral Metropolitana. Estas obras se derivan de la Biblia Natalis, el primer documento con enseñanzas estandarizadas para la Iglesia, como destaca Urquizu.
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