Antes de la llegada de la fotografía, los retratos en miniatura se convirtieron en la solución para preservar la imagen de seres queridos. Estas obras de arte lograban capturar con precisión los rasgos del modelo y la opulencia de sus vestimentas. Francisco Cabrera, apodado “el Fino”, fue el pionero más destacado de este arte en Guatemala, alcanzando fama tanto en su país como en el extranjero, sin que nadie pudiera igualar su talento.
La técnica de las miniaturas en acuarela sobre marfil fue traída por la artista veneciana Rosalba Carriera (1675-1757). Esta técnica consiste en aplicar diminutos puntos o líneas rectas, ya sean paralelas o entrecruzadas, con un pincel para formar una imagen. Las placas utilizadas tenían un tamaño aproximado de 4 cm y un grosor de 3 mm.
Cabrera creó cientos de miniaturas, en su mayoría retratando a figuras prominentes de la élite novoguatemalense y quetzalteca. Estas obras representan un valioso documento visual, antropológico y genealógico de la alta sociedad de Guatemala durante finales del siglo XVIII y el siglo XIX.
Se conoce poco sobre su infancia, que comenzó cinco años después del traslado de la capital al Valle de la Ermita, conocido como Nueva Guatemala de la Asunción, donde nació el 16 de septiembre de 1781. Francisco Mariano Cabrera y Estrada era hijo de José Cabrera y Rafaela Escobar, quienes formaban un hogar humilde. Fue bautizado en la Parroquia del Sagrario —Catedral Metropolitana— el 22 de septiembre, siendo su padrino Severino Jáuregui.
La 10a. avenida A de la zona 1 recibe el nombre de Callejón del Fino, ya que en una de sus casas fue donde Cabrera vivió y tuvo su taller en sus últimos años.
Gracias a su destreza en el dibujo, fue aceptado como aprendiz en la Casa de Moneda en 1795, antes de cumplir 14 años, sin recibir salario, bajo la tutela del grabador principal Pedro Garcí-Aguirre, originario de Cádiz, España, nacido en 1750, según el libro ‘Francisco Cabrera y el arte de la miniatura en el siglo XIX’, de Roberto Andreu Quevedo, Humberto Garavito, Jorge Luján Muñoz y Silvia Herrera Ubico (2008).
Callejón del Fino, 10a. avenida A y 5a. calle de la zona 1, fue el lugar donde Francisco Cabrera tuvo su residencia y taller, conocido por su meticuloso trabajo artístico. (Foto: Brenda Martínez)
Garcí-Aguirre estableció la Real Escuela de Dibujo de Guatemala en 1797, siguiendo los mismos principios que la Academia de Dibujo de Cádiz, que él también fundó, según se menciona en el texto ‘El miniaturista don Francisco Mariano Cabrera Escobar’, de Guillermo Grajeda Mena.
En 1799, fue promovido a “aprendiz de la talla”, con un salario de cuatro reales por día, cargo que ocupó durante 12 años, hasta 1809, cuando falleció su maestro Garcí-Aguirre. Aprendió todo lo relacionado con la talla de troqueles y grabado, destacándose como grabador en cobre —huecograbado y aguafuerte— y en hondo —medallas y monedas—, según la página de la Real Academia de la Historia Hispánica.
Por sugerencia de Garcí-Aguirre, fue nombrado maestro corrector segundo en la Escuela de Dibujo, fundada por la Sociedad Económica de Amigos del País en 1796, cuando apenas contaba con 16 años. Dos años después, fue ascendido a corrector primero, puesto que ocupó hasta 1804. La escuela contaba con numerosos alumnos. El otro corrector, José Casildo España (1778-1848), también trabajaba en la Casa de Moneda y, junto a Cabrera, recibió una medalla de oro el 25 de agosto de 1798, por su destacada miniatura de la reina María Luisa, esposa del rey Carlos IV, en conmemoración de su natalicio.
La obra fue elogiada en la Gazeta de Guatemala, donde se afirmó que el retrato reunía “el dictamen de todos los inteligentes”, destacando la firmeza y dulzura de las líneas y la limpieza en los perfiles, comparándola con la mejor lámina de buril.
En 1804, grabó el escudo de armas del Cabildo Eclesiástico y, ese mismo año, se publicó la obra ‘Guatemala’ por Fernando Séptimo, que incluía varios grabados de Cabrera. En 1809, diseñó el escudo del Colegio de Abogados del Reino de Guatemala.
El 14 de agosto de 1808, a los 27 años, se casó con Josefa Estrada. A pesar de no haber alcanzado aún su maestría reconocida, había mejorado la calidad de sus miniaturas, como la del rey Fernando VII, en 1810.
Garavito mencionó que estas pequeñas obras se caracterizaban por la desproporción de las figuras: cabezas grandes, brazos cortos y manos pequeñas. Utilizaba la técnica de “rayitas y puntos” que llenaban el marfil.
La mayoría de sus retratos eran de miembros de la burguesía guatemalteca, con un tamaño aproximado de cinco centímetros. Entre estos, destacan los retratos de Manuel Beltranena y Llanos, y su esposa, María Manuela Aycinena de Beltranena. Según Grajeda Mena, las más bellas eran las miniaturas de María Antonia del Carmen Sánchez de Perales y Aceituno de Guzmán, quien aparece en dos obras radiantes; Clara Esponda, Dolores Ramírez Cervantes, Joaquina Arzú, Ana Josefa Durán, María Encarnación Batres Montúfar y María Manuela Batres Montúfar —hermanas de Pepe Batres—; María Petrona Micaela Sánchez de Perales, Marcial Zebadúa y León, capitán general José de Bustamante y Guerra y Mariano de Aycinena y Piñol.
Cabrera dibujó el mapa de Verapaz para el Atlas guatemalteco (1832), publicado bajo el gobierno de Mariano Gálvez. (Foto, tomado del Atlas Guatemalteco)
Asimismo, realizó el retrato del arzobispo Ramón Casaús y Torres en 1818, y de los presbíteros Mariano García Reyes (1814) y Mariano Ángel de Toledo. En 1809, Cabrera dejó la Casa de la Moneda y se dedicó completamente a las miniaturas, que lo llevaron a la fama. Es complicado establecer la cronología de sus obras, ya que no las fechó. Garavito observó que su técnica seguía siendo “a rayas verticales, pero más compactas y suaves a la vez… empezaban a aparecer fondos llenos de color aceitunado grisáceo… su dibujo se estaba acentuando”.
En junio de 1823, regresó a la Casa de Moneda como grabador ayudante, ya que su compañero Casildo España ocupaba el puesto de grabador principal. Juntos, realizaron el grabado en aguafuerte de las láminas del escudo y de la bandera de la naciente República Federal de Centroamérica, por las cuales recibieron un pago de 82 pesos.
Garavito afirmó: “Cabrera es, ante todo, un admirable dibujante; con la misma facilidad graba una esquela, un título, un mapa o pinta una miniatura…”. El viajero británico Henry Dunn, quien visitó Guatemala entre 1827 y 1828, apreció la calidad del trabajo de Cabrera, aunque no lo mencionó directamente: “Realmente, hoy en día, pueden presumir en Guatemala de un miniaturista, totalmente autodidacta por la exactitud del parecido, y no solo por la delicadeza del acabado que puede compararse con casi cualquier europeo”. Es importante aclarar que Dunn exageró al afirmar que era autodidacta, ya que recibió una excelente formación.
En 1829, Cabrera fue designado por la Sociedad Económica de Guatemala para formar parte de una comisión encargada de revisar obras de los conventos extintos, con el objetivo de establecer un museo.

Antiguo escudo del Colegio de Abogados, creado por Cabrera, en el que se lee en latín “La concordia se debe a las leyes”. (Foto : libro Las bellas artes en Guatemala /Biblioteca César Brañas)
Durante el gobierno de Mariano Gálvez, colaboró, junto con España, en las ilustraciones del Atlas Guatemalteco (1832). Son de Cabrera, en dicho atlas, los mapas de Chiquimula, Quetzaltenango y Verapaz.
Gálvez habría dicho: “…los grabadores ciudadanos Casildo España y Francisco Cabrera han acreditado perfección de su arte, haciendo honor al país…”.
Reconocido es el retrato que hizo Cabrera de Mariano Gálvez, hacia 1835, miniatura que fue considerada por el historiador chileno José Toribio Medina entre los mejores trabajos que se hacían en esos tiempos en América y en Europa.
Además, se incorporó en la Academia de Ciencias, en 1834, en la Sección de Literatura y Artes, específicamente, en miniaturas. Ese año, organizó una colección de modelos de dibujo lineal aplicado a las artes para utilizarse en la cátedra que se impartía en dicha academia. También, publicó una lámina, junto con España y Julián Falla, del plano y vistas de Iximché, en Chimaltenango.
Según Garavito, los últimos cinco años de su vida fueron los más productivos, pues pintó cerca de 150 miniaturas. A principios de 1840, numeró el retrato de María Manuela Batres Montúfar con el 601, y el número mayor fue el 745, correspondiente al retrato de Ventura Olaverri y Pinol. Hay que aclarar que comenzó con el 500, por lo que de ahí surge la creencia de que creó más de mil de estas obras, tal como aseveró José Milla y Vidaurre en el discurso que pronunció en el primer aniversario luctuoso de Cabrera, en 1846.
Retrato de José Francisco de Córdoba y González, de 5.5 cm de diámetro, y que se resguarda en el Museo Nacional de Historia. (Foto , cortesía del Museo Nacional de Historia)
A partir de 1841, empezó a manifestar dolencias por un padecimiento y que se agravó varios meses antes de su muerte, por lo que redujo la cantidad de su trabajo.
En cuanto a las firmas que identifican su autoría, las primeras eran en letras blancas, solo con su apellido. Después, firmaría como “FC”, luego, como “F. Cabrera” y, posteriormente, “F. Cabrera fc” —fc era la abreviatura de fecit, que significa “él lo hizo”, en latín—.
A pesar de su fama e inigualable maestría, las penurias económicas agobiaron su vida. En 1842, su paga mensual en la Casa de Moneda, como grabador ayudante, era de 33 pesos y 2 1/2 reales. Sin embargo, durante sus labores se dedicaba a realizar “trabajos personales”. En una nota del 30 de enero de 1844 se le pidió prevenirle de no dedicarse a otra cosa: “…No era justo que postergue las obras del Gobierno cuando disfruta del sueldo para ocuparse de encargos particulares”.
Aunque eran delicadas obras de arte, se supone que no cobraba mucho por ellas. En agosto de ese año, por encontrarse enfermo y sin recursos, el Gobierno le concedió “un mes de sueldo en calidad de pensión”. Partió de este mundo con fama, pero en la pobreza, a los 63 años, el 21 de noviembre de 1845. Más lamentable fue su despedida fúnebre, pues “sus restos fueron conducidos al hospital por solo cuatro indígenas”. Fue enterrado en el nicho 627 de la Parroquia de Santo Domingo. Su viuda pidió que le pagaran los sueldos adeudados para cubrir los gastos de su sepultura.
“Sus obras en este ramo merecieron siempre la admiración pública por la semejanza que jamás faltó de dar a sus copias. Esta pérdida es tanto más sensible, cuanto que no queda en Guatemala quien pueda reemplazarla”, se publicó en la Gazeta Oficial de Guatemala el 6 de diciembre de 1845, se lee en la obra Las bellas artes en Guatemala, de Víctor Miguel Díaz (1934). Y en el periódico literario La Aurora, del 1 de diciembre de dicho año, en la nota sobre su fallecimiento, se le calificó de “un genio verdaderamente extraordinario y singular en su línea; de aquellos que solo la naturaleza hace aparecer como fenómenos en la sucesión de los tiempos…”.
Uno de sus hijos, Cástulo Francisco Cabrera, estudió con beca en el Colegio Tridentino, de donde se graduó de bachiller en Artes, otorgada por la Sociedad Económica hacia 1850, por gestiones de su madre.
Herederos de los personajes retratados en estas pequeñas joyas las guardan celosamente y son pocos los que tienen la suerte de admirarlas, pues salvaguardan su patrimonio familiar. Al extranjero migraron muchas de sus obras, llevadas por comerciantes, turistas o familiares.
La única exposición que se hizo de su obra fue en 1985 y el único recinto cultural que resguarda una de sus miniaturas es el Museo Nacional de Historia —retrato de José Francisco de Córdoba y González (1786-1856)—.
Estilo
Se puede apreciar la evolución de su estilo: en sus obras más tempranas, hacia 1810, pintaba a rayas verticales compactas y suaves, con fondos aceitunados grisáceos; sus obras finales tienen fondo azul pálido y son de extraordinaria finura y calidad anatómica.
Luján aseveró que en su período más productivo debió contar con ayudantes que se encargaban de hacer el fondo y el traje de los personajes. De ahí que hay dibujos con indicaciones sobre qué colores utilizar, en el que aparece en blanco el rostro del modelo que, probablemente, los creaba Cabrera. Entre sus discípulos se encontraban Delfina Lara, Leocadia Santa Cruz, Justo y José M. Letona y, posiblemente, Viviano Salvatierra.
Sobre su autorretrato creado entre 1835 y 1845, Garavito lo describió como “un hombre fatigado, un poco desaliñado, modesto, sencillo, quizá, al margen de la sociedad, pero no se puede omitir la lucecita de genio que brilla en su mirada lánguida”. Posa como un hombre gastado, trabajador, con cierto nerviosismo, como si no fuera natural para él verse a sí mismo. Se evidencia el descuidado peinado, el lazo desanudado de la corbata, camisa desabrochada y su actitud desgarbada.
Existió otro retrato de Cabrera, obra de su discípula Leocadia Santa Cruz, que lo conservó la familia del miniaturista, hasta que se dañó por los terremotos de 1917 y 1918, así como otro autorretrato que fue hurtado a sus descendientes.
Fue también pintor de caballete, pero no destacó en este género como en las miniaturas. “Las miniaturas de Cabrera se reconocerán siempre entre miles, pues son personalísimas, casi todas verdaderas obras maestras, la ‘preciosidad’ con que ejecutaba los detalles es abrumadora: broches, condecoraciones, cadenas, flores, aretes, collares, velos y encajes son admirables; jamás se nota lenidad y se adivina el cariño con que el maestro los pintaba”, escribió uno de sus biógrafos.
“Impecable fue la representación de los hombres que lucían fracs oscuros, de cuello alto, con chalecos de satén o seda, de ricos bordados, también de cuello alto, y de las mujeres, que lucían vestidos de corte imperio de largas faldas de pliegues y vivos colores, con mangas cortas y ligeramente abombadas o transparentes, que cubrían todo el brazo hasta las manos”, se lee en el blog Colección de Miniaturas de Martínez Lanzas-de las Heras.
En este texto se afirma que los retratos de Cabrera son similares a los del miniaturista del renacimiento tardío británico Nicholas Hilliard (1547-1619) o a los del artista jacobista William Larkin y que no tiene “un parangón estilístico en toda América Latina”.
Además, observa que los rostros de los personajes “aparecen como congelados”, sin emociones e impasibles, pero bellos. Sus retratos hablan con “más elocuencia de su tiempo que documentos descriptivos de la época”, se señala, “en los cuales se demuestra su talento”.
“Entre los miniaturistas americanos, fue el único que llegó a un estilo realmente libre y sublime, desvinculado de las faltas de gusto de su ambiente, interpretando la figura humana en toda su belleza y verdad, sin perder la fuerza, la interioridad y la frescura”, se añade en dicho texto.
Era un verdadero prestigio tener una miniatura de su autoría, tal como lo escribió José Martí. “¿Qué casa de Guatemala no tiene un retrato de Cabrera, fondo ceniza, un delineo miniaturista, sonrojada la carne, muy pulido el cabello, exacto el ojo? ¡Y no tuvo en su tumba más riqueza que los versos ardientes de un poeta noble!”.
Víctor Miguel Díaz afirma que Cabrera era afable y cortés, con un extenso párpado corrido desde la ceja hasta la pestaña y conservó la vista hasta su muerte. En la víspera de esta se ocupaba de una última miniatura que se le encomendó y que logró terminar, pese a su grave padecimiento.
“Su estilo es noble, aunque, a decir verdad, se manifiesta la mayor de las veces amanerado y sin expansiones en la mayoría de sus obras: su mérito indiscutible, su habilidad, sus grandes éxitos consistían en el parecido admirable de las personas; podemos decir que su escuela fue la naturalista”, escribió Díaz. “Ejecutaba a puntos, en marfil, sobre el que podía borrar o enmendar errores. Es indudable que nuestro gran maestro fue de los primeros que enseñaron en Guatemala la senda de la belleza en sus miniaturas…”, añade.
“Cualquier miniatura de Cabrera puede ser agrandada fotográficamente, aun a una dimensión de tipo mural, y con ello se podrá comprobar que su carácter es inalterable, como prueba de su buena estructuración; la obra no pierde nada, cosa que no sucede con las obras que no tienen ese valor”, refirió Grajeda Mena.
“Si Cabrera se hubiera dedicado a copiar simplemente el parecido de sus personajes, ninguna emoción nos causarían sus retratos; las damas y los caballeros que él pintó presentan una vida extraña; hay en ellos una atmósfera y una luz misteriosa que no existe en la naturaleza, es esa luminosidad fresca de algunos retratos de Goya”, destacó Grajeda Mena.
Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia.
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